La herencia fenicia en Cádiz
La expansión fenicia se extendió por el Mediterráneo Occidental y llevó hasta las costas africanas los grandes hallazgos científicos y culturales de la gran Mesopotamia y de Egipto, ofreciendo la síntesis de sus influencias. La herencia del mundo antiguo fecundó los territorios que recibieron sus aportaciones comerciales.

El descubrimiento de un santuario consagrado a Melkart, el Hércules fenicio, al pie del Peñón de Gibraltar, ha sacado a la escena de la actualidad de nuevo la trascendencia de la presencia fenicia en el Mediterráneo Occidental.

En efecto, el Peñón de Gibraltar estuvo relacionado por la tradición con el héroe griego Heracles, el cual daba nombre al estrecho como “las Columnas de Hércules”, tal como lo describe Homero en la “Odisea”. Al pie mismo del promontorio, una gran abertura de unos treinta metros de altura, visible desde el mar, daba entrada a la cueva sagrada en la que los navegantes fenicios y griegos depositaban sus ofrendas propiciatorias para sus singladuras por el Atlántico.

Los restos del santuario descubierto por los arqueólogos pertenecen al siglo VII a. de C., fecha acordada para la fundación de la ciudad de Cádiz por los marinos fenicios procedentes de Tiro, ciudad que rendía culto a Melkart. Más de 400 vasijas de barro, fuentes, cuencos, incensarios, ungüentarios de vidrio azul, amarillo y verde han aparecido en la cueva sagrada que sirvió de santuario durante 500 años, es decir, hasta la conquista romana de Cartago, que era la capital de aquel imperio fenicio de ultramar. Entre las sortijas y colgantes que han aparecido también, abundan representaciones de Melkart, como protector de los marineros, y otras figuras que pertenecen a la tradición egipcia, como Bes, asociado a la naturaleza, y Horus.

Un pueblo habilidoso

Los fenicios (rojos en griego) eran tribus semitas que establecieron colonias en 1900 a.C. en la franja de tierra entre el mar y los montes del Líbano y se organizaron en ciudades-estado: Tiro, Sidón, Biblos, Berytos. Se puede decir que fueron los griegos los que construyeron su imagen como hábiles comerciantes y habilidosos industriales, fabricantes de productos y objetos ornamentales que eran muy solicitados en el mundo antiguo y que hoy llamaríamos artículos de lujo. Entre ellos se destaca la púrpura, un tinte que extraían de un molusco llamado “murex”. Exportaban la madera de los cedros que crecían en sus territorios, -los bíblicos “cedros del Líbano”- que era muy apreciada por los egipcios. También fabricaban delicados objetos en oro y plata y sobre todo marfil, que obtenían de sus colonias africanas. Su pericia alcanzó un alto nivel en la fabricación del vidrio, a partir de una pasta de fina arena, combinada con carbonato sódico, a la que sometían a elevadas temperaturas y añadían pigmentos, que resultaban en delicados recipientes de colores, utilizados para perfumes a los que eran además muy aficionados.

Una de las aportaciones más significativas de este pueblo a la cultura de la humanidad se refiere a la escritura. Llevados siempre por su sentido práctico, adaptaron y simplificaron el alfabeto de Ugarit, reduciendo los signos consonánticos a treinta y generalizaron el uso egipcio de materiales flexibles como papiro o piel.

Expansión colonial

Hacia el primer milenio, de entre las ciudades-estado, Tiro obtuvo la hegemonía, que se manifestó en una expansión que se ha considerado por los historiadores como primordialmente comercial, pero que constituyó en realidad una aportación cultural y civilizadora esencial para la transmisión del conocimiento. Otros historiadores consideran que la salida al mar de los tirios se debió al hostigamiento de los asirios. Pronto se hicieron dueños del comercio de los metales, principalmente estaño, cobre, oro y plata.

La expansión fenicia se extendió por el Mediterráneo Occidental y llevó hasta las costas africanas los grandes hallazgos científicos y culturales de la gran Mesopotamia y de Egipto, ofreciendo la síntesis de sus influencias. La herencia del mundo antiguo fecundó los territorios que recibieron sus aportaciones comerciales.

A la península ibérica llegaron en los inicios de aquella expansión y fueron dejando sus huellas en ciudades como Gades (Cádiz), Malaka (Málaga), Sexi (Almuñécar), Abdera (Adra) y otras muchas como las islas Baleares Ibiza y Menorca. Sus relaciones con el reino de Tartessos fueron intensas, pues se dedicaron a comercializar los metales que se extraían de las ricas minas de la zona tartésica. Probablemente se debió en parte a la influencia fenicia la adopción de formas culturales procedentes de Oriente por parte de los refinados habitantes de las riberas del Guadalquivir. Paralelamente, el Norte de África también recibió sus aportaciones civilizadoras, fundando colonias en Tánger, Mogador, entre otras, a partir del delta del Nilo donde en la ciudad de Menfis ocupaban una zona que dio en llamarse “el campamento tirio”. A su vez los egipcios establecieron en Biblos una factoría donde realizaban sus compras de madera de cedro ya mencionada.
De todas las ciudades coloniales Cartago fue la que brilló con luz propia, especialmente tras la caída de Tiro en poder de los asirios en 574 a.C. Situada en el extremo Nordeste del Magreb, en el golfo de Túnez, es decir, en el lugar en que la costa africana se aproxima al continente europeo, fue fundada, según la leyenda, en torno a 810 a.C. por Elisa, o Dido, hija del rey de Tiro, Muto. Dido venía huyendo de la persecución de su hermano Pigmalión, sucesor del rey, su padre, pues había descubierto la trampa que estaba urdiendo para vengar la muerte de su esposo Siqueo, un rico sacerdote de Melkart.

Como suele suceder en todas las empresas colonizadoras, los viajes de exploración precedieron a esas incursiones comerciales. Los fenicios tuvieron también su héroe explorador en la figura de Hannon, un experto navegante que llegó hasta el Senegal y hasta las islas británicas, dejando el relato de sus aventuras en un texto fundamental en la literatura de viajes, “El periplo de Hannon”.

Una religión común

La religión de los fenicios y sus mitos cosmogónicos se centran en la tríada primordial formada por el creador de los creadores y padre de los dioses, su consorte, la diosa madre Asherat y su hijo Baal, o Señor, que moría cada año y posteriormente resucitaba. A su vez Baal tomaba esposa, Baalat, la Señora, y tenía un hijo, Aliyan. Cada ciudad otorgaba nombres distintos a los dioses principales y veneraba a los que tomaba como protectores. De todos ellos Baal, arquetipo de la vitalidad y la fuerza, es el que nos ha llegado como el dios fenicio por excelencia. En la ciudad de Tiro tomaba el nombre de Melkart y su esposa Astarté y su culto se extendió por todos los territorios a medida que avanzaba la colonización. Esta fue la gran aportación que sirvió para unificar una visión del mundo que no se revestía de fórmulas políticas imperiales. Es el dios creador, señor del cielo y de la tierra de todos los panteones, que reina con su parhedra Astarté, que en Cartago y el resto de la parte occidental del Mediterráneo recibe el nombre de Tanit. El culto a esta diosa del amor y de la guerra, que los griegos asociaron a Afrodita, extendió santuarios por todo el Mediterráneo, como una señal de identidad religiosa característica, como antecedente de los cultos a Isis de época romana y las múltiples formas de devoción mariana con el Cristianismo.
Otros dioses fenicios fueron Eshmún, en Sidón, dios de la medicina y la curación, Dagón, asociado al cultivo del trigo y los cereales en general y Reshef, protector contra las plagas.

Bibliografía
Ramón Corzo: “Los fenicios, señores del mar”.Madrid, 1988
Mª Eugenia Aubelt: “Tiro y las colonias fenicias de Occidente”. Ed. Bellaterra. Barcelona, 1987.

María Dolores Fernández-Fígares

Libros sobre los fenicios:
Fenicios y Cartagineses en el Mediterráneo Así vivían los Fenicios Fenicios, Griegos y Cartagineses