Llevaba varios días que el cuerpo me pedía correr por la playa; lo intenté al mediodía pero no pude, por lo que me prometí ir esta noche...

Hacía algún tiempo que dejé de correr por la playa: en verano resulta problemático por la cantidad de personas que hay y el calor que todo lo envuelve. En estas fechas estará tranquilo, pensé, mientras me dirigía al paseo marítimo. 

Los primeros kilómetros no distaron mucho de otros días similares pero al encarar la bajada de Santa María un bonito espectáculo se abrió ante mis ojos: una hilera de potentes focos iluminaban toda la zona de playa llegando su luz hasta bastante adentro del mar, la luna en su cuarto menguante presidiendo en lo alto, la marea baja, la brisa en su punto y la humedad creando una ligera neblina que me envolvía mientras me deslizaba sobre la suave arena.

En el silencio de la noche di gracias por aquel que tuvo la idea de colocar esos focos, gracias por los operarios que los instalaron, gracias a ese invento llamado electricidad y gracias, ¡demonios! por una vez, a que mis impuestos se aprovecharan en algo que, al menos para mí, resultara satisfactorio.

Desde la arena observaba, como hago casi siempre, a mis queridos compañeros de carreras que iban por el duro asfalto en vez de la cómoda arena. Nunca entenderé cómo no prefieren ir por la playa, alejados de paseantes, de los coches y sus humos, aspirando la cálida brisa y oyendo el rumor de las olas.

En ello estaba meditando cuando me percaté de la cantidad de huellas que inundaban la playa. Su gran número, variedad en formas y tamaños me hacían pensar que multitud de personas habían sido, como yo, atraídas a este bello paraíso que tenemos en Cádiz.

Todas eran huellas sí, pero ninguna igual a las otras. Unas de pies descalzos, otras de zapatillas de deportes, otras de tacones, etc.; unas largas, otras cortas, finas, anchas, semihundidas, hundidas, superficiales, profundas, ladeadas, inclinadas… una variedad sin fin. Todas con el mismo nombre pero con diferentes atributos, tantos como los propios individuos que las crearon en su paseo playero. ¿Qué historia podrían contarnos cada una de ellas? pensé mientras las observaba en mi particular carrera. La historia de un paseo de enamorados, la historia del vigoroso corredor de fondo, la del perro con su amo, la del poeta buscando su inspiración, la del turista feliz o, tal vez,  la del desdichado parado en su errático deambular...

Y qué decir del mar, tan parecido a nosotros mismos. Tal vez como él, brillantes en la superficie pero oscuros y sombríos en nuestro interior. La mayoría de las veces con miedo a profundizar por no encontrarnos con nuestros propios monstruos. El verdadero conocimiento está allí, pero preferimos lo superficial aún a sabiendas de que las mayores tormentas se desatan ahí. La calma sólo la encontraremos en nuestras profundidades y sólo después de perder el miedo a buscar dentro de nosotros.

De nuevo di gracias. GRACIAS a la crisis económica que, irónicamente, me permite más tiempo para mí mismo. GRACIAS también a mi propia crisis personal que me azota mucho antes que la otra, pero que sin ella no podría haber desarrollado esta sensibilidad para poder apreciar todo lo que me rodea; y GRACIAS, también, por tener la salud y el cuerpo que me permitieron embrujarme en esta noche del decadente verano y que he querido compartir con vosotros.

Cristóbal.

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